Introducción
 

EL APÓSTOL PABLO, en su carta a los Efesios, exclama entusiasmado: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por medio de Él nos ha bendecido desde el cielo con toda bendición del Espíritu. Porque nos eligió con Él, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos y sin defecto a sus ojos, por el amor; destinándonos, ya entonces, a ser adoptados por hijos suyos, por medio de Jesús Mesías —conforme a su querer y a su designo— a ser un himno a su gloriosa generosidad, que derramó sobre nosotros por medio de su Hijo querido, el cual, con su sangre, nos ha obtenido la liberación, el perdón de los pecados, muestra de su inagotable generosidad. Y la derrochó con nosotros  y ¿con cuánta sabiduría e inteligencia revelándonos su designio secreto, conforme al querer y proyecto que él tenía para llevar la historia a su plenitud: hacer la unidad del universo por medio del Mesías, de lo terrestre y de lo celeste?” (Ef 1, 3-10).

Esto no es otra cosa que lo anunciado desde el principio de la interacción de Dios con nosotros: el cumplimiento de su deseo de "hacer al hombre a imagen y semejanza suya" (Gn 1, 26), por lo que ya vemos que "fuimos elegidos por el Padre, antes de crear el mundo, para que fuéramos santos y sin defecto”, y que eso se logra mediante una adopción que nos asimile a "su Hijo querido, Jesús el Mesías”, que nos la ganó con su sangre. De modo que queda claro que nuestra vocación es ser santos, pero, ¿qué cosa es un santo?



¿QUIÉN ES UN SANTO?

A la pregunta: ¿Quién es un Santo? es fácil responder: Sólo Dios es Santo, y, entre los hombres, sólo es Santo e! Hombre Dios, el Verbo Encarnado, el "Santo de Dios" (Mc 1, 4; Lc 4, 34), y por tanto, todo otro humano sólo puede serlo por el don gratuito de la esa adopción divina que nos asimila e "injerta" con Él, (Cfr. Rom 11, 13-24), que nos otorga su Gracia Santificante:"... a los que de antemano conoció, también los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos ..." (Rom 8, 29). El Catecismo de la Iglesia Católica nos lo subraya: "El Verbo se encarnó para ser nuestro modelo de santidad: ... Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí..." (Mt 11, 29) "Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre si no es por mí". (Jn 14, 6). Y el Padre, en el monte de la transfiguración, ordena: "Escuchadle" (Mc 9, 7).[1]

Ser santo, pues, es ser "imagen y semejanza" de Dios que es el único "Santo”,  y el mandato de que lo seamos no es nada nuevo: Ya desde el Levítico, haciendo énfasis en la pureza ritual. Se insistía, expresa y reiteradamente: "Yo soy el Señor, vuestro Dios, santificaos y sed santos, porque yo soy santo." (Lev 11, 44) "Yo soy el Señor, que os saqué de Egipto para ser vuestro Dios: sed santos, porque yo soy santo': (Lev 11, 45) "El Señor habló a Moisés: —Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo el Señor, vuestro Dios, soy santo." (Lev 19, 1) "Santificaos y sed santos, porque yo, el Señor, soy vuestro Dios," (Lev 20, 7) "Sed para mí santos, porque yo, el Señor, soy santo, y os he separado de los demás pueblos para que seáis míos." (Lev 20, 26).

Los sacerdotes "serán santos para su Dios y no profanarán el nombre de su Dios, porque son los encargados de ofrecer la oblación." (Lev 21, 6). Al sacerdote "lo considerarás santo, porque es el encargado de ofrecer el alimento de tu Dios. Será para ti santo, porque yo, el Señor, que lo santifico, soy santo," (Lev 21, 8), Jesús confirmó y actualizó ese llamado, pidiendo que fuésemos "perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto" (Mt 5, 48), y Pedro insistió: "Igual que es santo el que os llamó, sed también vosotros santos en toda vuestra conducta, porque la Escritura dice: «Seréis santos, porque yo soy santo»" (1 P 1, 16). "El que cree en Cristo es hecho hijo de Dios.”

Esta adopción filial lo transforma, dándole la posibilidad de seguir el ejemplo de Cristo. Le hace capaz de obrar rectamente y de practicar el bien. En la unión con su Salvador, el discípulo alcanza la perfección de la caridad; la santidad. La vida mortal, madurada en la gracia, culmina en vida eterna, en la gloria del cielo."[2]

Por lo tanto, todo el que cumpla el mandato del amor que lo asimila a Cristo, "dando de comer al hambriento, de beber al sediento, etc." (cfr. Mt 25, 31, 46), y, en especia, todo bautizado es santo, puesto que el Bautismo nos confiere precisamente la "Gracia Santificante". "Santo" significa "consagrado”, "marcado”, "señalado”, y todos los cristianos llevamos el sello de Cristo, por indignos o pecadores que seamos: nuestro nombre distintivo es ese: "santo". Conviene recordar que la palabra "cristiano”, fueron los paganos de Antioquía quienes empezaron a usarla para referirse a los discípulos de Jesucristo[3] y que esa palabra tuvo inicialmente un sentido más bien burlón, de tipo político, como se hablaba de "cesarianos”, de "pompeyanos" de "herodianos”, etc., pero el término que usaban los propios seguidores de Jesús para designarse a sí mismos fue el de "santos".

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Notas

[1] Catecismo de la Iglesia Católica, versión española conforme al texto latino oficial, propiedad de la Santa Sede. Coeditores Unidos de México, 1999, N° 459.
[2] Catecismo.., núm. 1709.
[3] Fue en Antioquía donde, por primera vez, llamaron a los discípulos “cristianos” (Hch 11, 26).

San Pablo
Ef 1, 3-10
Hombre: imagen y semejanza de Dios
Gn 1, 26
Vocación de santidad del hombre
 
¿Quién es un santo?
 
Sólo Dios es Santo
Mc 1, 4: Lc 4, 34
 
El hombre lo es por "adopción divina"
Rom 11, 13-24; 8, 29
 
El Verbo modelo de Santidad Mt 11, 29;
Jn 14, 6: Mc 9, 7
 
Ser santo es ser "imagen y semajanza" de Dios Lev 11, 45
 
"Sed santos, porque Yo... soy santo" Lev 19, 1; 20, 7; 20, 26
 
Los sacerdotes son santos Lev 21, 6-8
 
Mt 5, 48
 
"Seréis santos porque yo soy santo" 1 P 1, 16
 
Seguir el ejemplo de Cristo
Todo bautizado es santo, pues el Bautismo confiere la Gracia Santificante; Mt 25, 31-46
Santo significa "consagrado" y "señalado"
Los cristianos llevamos el nombre de Cristo; nuestro nombre distintivo es ése: "santo" Hch 11, 26