Juan Pablo II "Exaltavit Humiles"
(30 de julio de 2002)*

Traducción de Antonio Castro Pallares

 

* "Exaltó a los humildes". Texto de la bula de Canonización de Juan Diego Cuauhtlatoatzin, que presidió durante todo el Congreso Guadalupano Conmemorativo de aquel acontecimiento.

JUAN PABLO II
PAPA

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
Para perpetua memoria del acontecimiento.

"Exaltó a los humildes" (Lc 1, 53). La mirada de Dios Padre se posó sobre un indígena mexicano, es decir, sobre Juan Diego, a quien enriqueció con el Don de renacer en Cristo, de contemplar el rostro de la Bienaventurada María Virgen y de asociarse en la evangelización del continente Americano.

De esto concluimos abiertamente qué verdaderas son las palabras con las que el Apóstol Pablo enseña el método de realizar la salvación eterna. "Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir en la nada lo que es, para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios”. (1 Cor 1,26-29). Así el Beato, cuyo nombre era Cuauhtlatoatzin (águila que habla), nació alrededor del año 1474, en Cuauhtitlán, perteneciente al reino comúnmente llamado Texcoco. Ya adulto y unido en matrimonio, abrazó el Evangelio y junto con su esposa fue lavado con el agua del bautismo, proponiéndose vivir bajo la luz de la fe y cumpliendo los compromisos aceptados con Dios y con la Iglesia.

En el mes de diciembre de 1531, caminando hacia un lugar llamado Tlatelolco, en la colina que se llamaba Tepeyac, vio a la verdadera madre de Dios que se le apareció y que le mando ir con el Obispo de México para que le edificará un Templo en el lugar de la aparición. El Sagrado Prelado, atendiendo a las insistencias del indígena, le pidió una prueba evidente del admirable acontecimiento. El día 12 de diciembre, la Beatísima Virgen María se dejó nuevamente ver por Juan Diego; lo consoló y mandó que subiera a la cima de la colina del Tepeyac y recogiera allí flores que debía presentárselas. Y a pesar del frío invernal y la aridez del lugar, el Bienaventurado encontró flores hermosísimas que puso en su manto y las llevó a la Virgen. Ella le mandó que las entregara al Obispo como un signo de verdad. Y estando ante él, Juan Diego extendió el manto y permitió que cayeran las flores. Entonces en la textura del manto apareció admirablemente impresa, la imagen de la Virgen de Guadalupe, que desde entonces se convirtió en el centro espiritual de la nación.

Habiendo sido construido el templo (a la Reina del Cielo) en su honor, el Bienaventurado impulsado por la más alta piedad, todo lo dejó y dedicó su vida a la custodia de aquella pequeña capilla y en la recepción de los peregrinos.

Recorrió el camino de la Santidad en la oración y en la caridad, sacando fuerzas del Banquete Eucarístico de nuestro Redentor, del culto a la Madre del Redentor, de la comunión con la Santa Iglesia y también en la Obediencia a los Sagrados. Pastores.

Todos los que lo conocieron quedaban admirados por el esplendor de las virtudes, principalmente de su fe, de su caridad, de su humildad y el desprecio de las cosas terrenas. Juan Diego, en la simplicidad de su vida cotidiana, conservó fielmente el Evangelio sin rechazar su condición de indígena, totalmente consciente de que Dios no discrimina linajes ni culturas y que invita a todos para que sean hijos suyos. De esta manera, el Bienaventurado abrió más fácilmente el camino para que los indígenas mexicanos y del nuevo mundo, tuviesen el encuentro con Cristo y con la Iglesia.

Hasta el último día de su vida caminó con Dios, quien lo llamó a Él el año de 1548. Su recuerdo, que siempre se refiere a la aparición de nuestra señora de Guadalupe, trasciende los siglos y alcanza las diversas regiones del mundo.

El día 9 del mes de abril de 1990, delante de Nosotros, se dio a conocer el decreto sobre la santidad de vida y del culto inmemorial proporcionado al siervo de Dios Juan Diego. El día 6 del mes de mayo, en la misma Basílica, estuvimos presentes en la solemne celebración en honor de Juan Diego, honrado con el título de Beato. Por esos mismos días, en esa misma Arquidiócesis de México, se realizó el milagro por la intercesión de él.

El Decreto se dio a conocer el día 20 de diciembre del año 2001. Y así, abrazando la sentencia favorable de los Padres Cardenales y de los Obispos congregados delante de Nosotros en el Consistorio del día 26 de febrero de anterior, determinamos que el rito de canonización se llevara a cabo el día 31 del mes de julio del año 2002 en la ciudad de México.

Hoy, pues, en esta ciudad de México, en la celebración sagrada, pronunciamos esta fórmula: "En honor de la Santísima Trinidad, para exaltación de la fe católica y crecimiento de la vida cristiana; con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y la Nuestra, después de haber reflexionado largamente, invocado muchas veces la ayuda divina y oído el parecer de numerosos hermanos en el episcopado, declaramos y definimos Santo al Beato Juan Diego Cuauhtlatoatzin y lo inscribimos en el catálogo de los Santos, y establecemos que en toda la Iglesia sea devotamente honrado entre los Santo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo."

Lo que hemos decretado, queremos que ahora y para siempre tenga fuerza sin que nada, por pequeño que sea, se oponga.

Dado en la ciudad de México, el día 31 del mes de julio del año 2002, vigésimo cuarto de nuestro Pontificado.

(De su puño y letra, el mismo Papa firma)
Yo, Juan Pablo, Obispo de la Iglesia Católica.
Marcellus Rosetti, Protonotario Apostólico

 
Memoria del Congreso Guadalupano 2003, "Primer Aniversario de la Canonización de San Juan Diego Cuauhtatoatzin", Julio 28, 29 y 30 de 2013, Traducción de Antonio Castro Pallares, págs. 69, 70 y 71.